¿Alguna vez has visto una plantita saliendo de una alcantarilla maloliente? ¿O un hermoso árbol creciendo al lado de un canal de aguas no muy limpias? Yo sí; veo estas escenas seguido cuando voy caminando por las calles de mi ciudad y, a decir verdad, me asombra ver este tipo de cuadros. Si te ha tocado presenciar una imagen como las que te platico, tal vez, al igual que yo, te maravilla cómo algo vivo y hermoso puede crecer en un lugar sucio, maloliente y desagradable. Una de estas escenas que te menciono llamó en particular mi atención; era la de una hermosa flor creciendo entre las vías pedregosas, sucias y ruidosas del metro. Sobre ella, constantemente, todos los días, pasa un tren de miles de toneladas. Definitivamente a mí no me gustaría ser esa flor, ¡¿pero a quién le gustaría serlo?!
Y es que, piénsalo, nadie se detiene a mirar su hermosura, nadie alcanza a percibir su fragancia, encima de ella pasa una y otra vez una bestia de acero pesada y ruidosa, que transporta gente indiferente y ensimismada. Yo pensaría que esa flor debería estar en un campo hermoso, donde esté al alcance de los polinizadores, donde le dé la cálida luz del sol, el rocío de la mañana y la lluvia veraniéga; yo pensaría que no está en en lugar donde se supone debería estar; pareciera que algo está mal con la imagen en esta postal.
Para serte sincera, muchas veces me siento como esa flor; pienso que no estoy en el cuadro donde debería estar. No está pasando lo que se supone debería pasar; más personal aún: No está pasando lo que yo quisiera que pasara, lo que anhelo que pase. Estoy atrapada en una pintura a la que no deseo pertenecer. Nadie ve lo que soy o puedo ser, nadie se detiene a oler mi fragancia; sólo pasa el tren de la vida arrollándome con sus miles de toneladas de problemas, injusticias y dolor, vez tras vez, y pareciera que a nadie le importara. Muchas veces no puedo evitar pensar en las otras “flores” que están siendo parte de una escena de ensueño (según yo), floreciendo en donde se supone es su sitio; aquellas que están en el “paisaje” que a mí me gustaría estar.
Pero, ¿cómo es que vine a dar a estar plantada aquí? La respuesta a esta pregunta, en mi caso, tiene varias respuestas lógicas y obvias. Pero lo que a veces me enloquece es la siguiente pregunta: ¿Por qué sigo plantada aquí? Si he aceptado la responsabilidad de mis acciones pasadas que contribuyeron a tener este presente, y he hecho de Dios mi todo, y me he esforzado por cambiar de cuadro, ¿por qué sigo aquí? La ausencia de la respuesta que yo quisiera obtener me ha llevado por un abanico de diversas emociones y reacciones de mi parte: He pasado por tristeza (muchas veces rayando en la depresión), enojo con mi entorno y con Dios, ansiedad, indiferencia hacia mi entorno, tratar de salir por mis fuerzas sin importarme nada, y un poco más de depresión. Y al final de todo, sigo aquí. ¿Cuál es el propósito de todo esto? Quiero compartirte lo que Dios me ha enseñado.
A pesar de que quisiera estar plantada en otro paisaje, no puedo ignorar el hecho de que hay vida donde uno menos pensaría que podría o debiera haberla. Y es que la belleza, fragancia y el mismísimo ADN de la flor no depende de su entorno; con sólo un poco de los elementos básicos surge la vida, y se da paso a todo el potencial que la flor trae en su interior. Las flores son bellas porque a su Creador le dio la gana que fueran bellas, y su Creador es suficiente para sostenerlas donde Él decidió plantarlas y donde Él quiere que permanezcan y florezcan. Si Él quisiera podría trasplantarlas; a veces lo hace, pero a veces no.
Y ¿sabes? esas flores que crecen en los lugares más fríos, más áridos, más improbables, son las más hermosas. Su existencia no está adornada por su entorno; son ellas las que adornan y embellecen su entorno. Si ellas no existieran donde fueron sembradas, su derredor no sería nada más que algo artificial, algo falso, no habría vida. Ellas traen belleza y fragancia a lo que las rodea; ellas decoran y recuerdan que lo hermoso lo pone uno, y sólo basta con permanecer plantadas y dejarse cuidar por su Creador para florecer.
Así que, querida amiga, la próxima vez que sientas que te ahogas donde estás, que sientas que te estás marchitando y pudriendo donde estás plantada, recuerda que sí puede haber vida, belleza y propósito en lugares inhóspitos e incluso indeseables. Sólo basta creer que no estás en el lugar en el que estás por azar, sino que tiene un propósito muy claro para Dios, que Él sí te ve, que Él te necesita ahí, y tú necesitas estar ahí, y que a su tiempo verás el fruto de tu permanencia. Puede que seas trasplantada, puede que no, pero eso no importa, no es relevante; créeme que tendrá mucho mayor valor florecer en situaciones adversas que en situaciones placenteras. Déjate regar y cultivar por tu Creador; alábalo con tu fragancia y tu belleza. Te aseguro, amiga, que podrás ver cómo floreces en el lugar donde fuiste plantada, y verás que vale toda la pena estar en donde estás.
“Ninguna flor tiene un azul tan hermoso como las que crecen al pie de los helados ventisqueros. Ninguna estrella brilla más que las que fulguran en el cielo polar; ninguna agua tiene un gusto más agradable que la que corre por el desierto de arena, y ninguna fe es tan preciosa como la que vive y triunfa en la adversidad.” C.H. Spurgeon
Te dejo algunos versículos relacionados a este respecto, para que medites en ellos:
2 Corintios 12:7-9: Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.
1 Corintios 7: 20-21: Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede. ¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te dé cuidado; pero también, si puedes hacerte libre, procúralo más.
¡Te abrazo!
Aimeé
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