Llevo algunas semanas leyendo con mis hijas el libro de Números en las noches. Cuántas veces me he desesperado al leer una y otra vez que los israelitas se quejaban en el desierto. ¡Ah, estas historias remotas de una cuarentena tan improbable…!
La verdad es que no dejo jamás de sorprenderme en cómo la Palabra de Dios es tan viva y eficaz. Muchas veces podemos cuestionar qué tiene que ver la historia de un pueblo aburrido y quejumbroso en el desierto con nuestra vida, tan diferente y moderna. Es muy fácil ver la situación de “ellos” con claridad e incluso regañarlos por tales actitudes. ¿A poco soy la única en pensar que eran unos malagradecidos de poca fe y que no valoraban la obra maravillosa de Dios en el pasado, la presencia de Dios en el presente y las promesas de Dios en el futuro?
Ayer escuché a mi hija con una actitud muy intensa quejarse de nuestro actual confinamiento. Su corazón estaba lleno de tristeza, enojo, frustración y quejas. Lloró. Estaba llena de razones y argumentos. Dejé que se desahogara a gusto y al final completé: “¡Sólo nos falta comer maná todos los días!”
Por un momento pude entender a este pueblo malagradecido y quejumbroso con amor. Dios también los veía y nos sigue viendo con amor. Él sabe lo difícil que pueden ser los desiertos en nuestra vida. Por esa misma razón, permite que Su presencia sea muy evidente en estos tiempos. Ahí estaba la nube durante el día y la columna de fuego en la noche. Hablaba con truenos. Dios sabía que Su presencia era lo único que podía sustentar al pueblo en esos tiempos en que aparentemente nada sucedía. Lo hizo de una forma grande y evidente, para que no tuvieran ninguna duda que Él estaba ahí.
Para muchas personas, esa presencia no fue suficiente. Extrañaban la vida en Egipto, la comida e incluso la rutina que tenían antes y que tanto reclamaban. Entiendo que había muchas carencias en el desierto, pero Dios estaba con ellos y milagrosamente siempre proveía para lo que necesitaban.
No todos los israelitas la pasaron tan mal. Moises tenía una relación muy cercana con Dios y eso le daba una perspectiva muy diferente ante la crisis. Escuchar a Dios y pasar tiempos a solas con Él, lo dejaba en un lugar privilegiado y su visión era muy diferente de los demás. También la Biblia nos habla de dos jóvenes, Josué y Caleb, que aunque no tenían una relación tan cercana con Dios como la tenía Moisés, creían fervientemente en sus promesas.
No creo que fueran tiempos fáciles. Ahora no estamos viviendo tiempos fáciles. Animémonos a seguir el ejemplo de Moisés y buscar estos tiempos a solas con Dios. Subamos al monte. Eso nos cambiará la perspectiva y nos renovará las fuerzas. Busquemos estos tiempos en la madrugada, en la noche o cuando tengan un poco de paz en la casa… simplemente desconéctense de sus desiertos por un tiempo. Contemplen la presencia de Dios. Búsquenla. Pidan ver Su rostro. Él está ahí. Que en nuestro corazón haya este anhelo de ver Su presencia inundando nuestro corazón y nuestra vida.
Recuerden Sus promesas y escríbanlas en las paredes de su casa. En nuestra familia haremos un ejercicio de escribir todas las promesas que leamos en la Biblia en este tiempo. Colgaremos una cartulina en la pared y ahí pegaremos un post-it con cada promesa que Dios nos vaya revelando en nuestros tiempos devocionales individuales y en nuestras lecturas en familia. Este “muro de promesas” nos enseñará que nuestro Dios es fiel y que ningún desierto dura para siempre.
También es muy necesario recordar la fidelidad de Dios en el pasado y como Él nunca te ha abandonado. Recuerda en familia todas las veces en que Dios peleó tus batallas y te dio la victoria. Haz una lista (¡amo las listas!). Escribe estas batallas en donde ya no sabías qué hacer y seguramente Dios actuó en tu favor. Que los recuerdos de este mar abriéndose en frente de ti, te llenen de esperanza en un Dios real y ya conocido en tu vida.
Con amor,
Fiorenza.
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