Estoy sentada a la orilla de la piscina. Me doy cuenta que no tengo plena conciencia de la dimensión de lo que mis ojos están contemplando: Mi hijo de 13 años, con autismo, está en su primera clase de natación.
El transitar de mi hijo por esta vida, y mi rol como su mamá, no han sido fáciles. Desde los 15 días de nacido, el camino daba señales de que esto no iba a ser lo que yo esperaba. La maternidad (y paternidad) se experimenta de una forma diferente a la expectativa regular cuando los hijos enfrentan alguna forma de discapacidad.
Por supuesto, tampoco ha sido lo más difícil que alguien pueda experimentar en esta vida. Pero la realidad individual siempre es complicada, por el solo hecho de que es uno mismo el que tiene por delante los obstáculos, paradas imprevistas y curvas con finales desconocidos que el camino de la vida presenta.
Uno de los muchos retos que enfrentan los niños con autismo durante su desarrollo tiene que ver con sus habilidades motoras, tanto finas como gruesas. Por lo tanto, que puedan tener acceso a diferentes tipos de terapias y ejercicios es crucial para ver mejoría y progreso en esa área.
Si me has concedido la gracia de leerme en cartas anteriores, sabrás que el dinero no ha sido algo que sobre en mi vida, y que mi particular situación personal ha hecho complicado (por no decir imposible) que mi hijo reciba lo que los especialistas en el tema recomiendan desde los primeros años de vida. Encima, los temas de la socialización y las alteraciones sensoriales son todo un reto aparte en los autistas, por lo que mis opciones se veían aún más limitadas. Y para acabar, cuando por fin pudo empezar a tomar clases de un deporte, aparece la pandemia y tiene que dejarlas.
Intenté diferentes alternativas, pero parecía que nada salía como lo deseaba o necesitaba.
Yo oraba: "Señor, por favor, no sé cómo hacer; parece imposible que mi hijo pueda mejorar en esta área. Ayúdame." Durante varios años fue una oración continua. Pero todo parecía inútil.
Realmente empezaba a ser una petición cada vez menos frecuente en mi corazón; una oración olvidada.
Un día, platicando con el peluquero de mi hijo, me comenta, de repente, que su niño está yendo a nadar y me empieza a dar todos los detalles, de tal forma que se me hace demasiado bueno para ser verdad. Decidí investigar por mí misma y comprobé que era cierta la información que me había dado.
"Asombroso" es el adjetivo que describe cómo Dios fue acomodando todo para que yo pudiera estar aquí, atestiguando cómo Él no olvida ninguna petición hecha por nosotros; cómo Él tiene más cuidado de mi hijo y de sus necesidades de lo que yo puedo tener.
Cuando recapacité en lo que estaba atestiguando, que mi Dios estaba contestando, que había ya contestado, esa petición vieja y arrugada de mi corazón, me sentí abrumada por estar recibiendo tal gracia inmerecida. Dije: "Señor, pero si realmente era algo prescindible; mi hijo no moriría o no tendría que vivir con algo trágico si no mejoraba en este aspecto." En ese momento me sentí hasta un poco mal de que yo estuviera recibiendo esta respuesta a esta "banalidad", de una forma tan maravillosa, cuando hay tantas necesidades tan reales y, a mi humano y finito entender, trascendentes en este mundo.
En ese momento, el Señor me recordó el momento en la vida de Jesús cuando va rumbo a resucitar a la hija de un hombre llamado Jairo, uno de los principales hombres en la Sinagoga donde Jesús se encontraba (Mateo 9:18-26, Marcos 5:21-43). Se hizo todo un alboroto al respecto, la gente quería ver esa clase de milagro: resucitar a alguien muerto, que además era familia de alguien importante y conocido.
Dice la Biblia que el tumulto era tal, que el gentío que rodeaba a Jesús le apretaba (yo imagino que hasta avanzar se estaba haciendo difícil). Pero en medio de toda esa barahúnda, mientras el Señor y la multitud se dirigían a donde estaba la niña, Jesús tenía atento su corazón a una mujer que se encontraba entre aquel gentío y que tenía mucho tiempo padeciendo de una enfermedad. Una enfermedad de la que probablemente no iba a morir, pero que, como mujer, entiendo que seguramente era muy incómoda, molesta, debilitante y probablemente la orillaba a estar aislada de la vida regular.
Y es que, yo creo que a nadie le importaba mucho lo que le pasaba a esa mujer, y seguramente, nadie encontraba más importante o urgente la necesidad de esta mujer que la necesidad de la niña. Pero los pensamientos de nuestro Dios, no son nuestros pensamientos, ni Sus caminos, nuestros caminos (Isaías 55:8-9). A Él sí le importaba esta mujer; sí se compadecía y empatizaba con ella. Él la conocía y la amaba. Él iba a detenerse unos momentos de su camino rumbo a lo que todo mundo quería ver, y la iba a mirar y a consolar.
La historia narra cómo Jesús se detiene y le da el foco de la atención a la mujer y su situación, exaltando la fe de ella, ya que ella estaba segura de que, con sólo tocar el borde del manto de Jesús, ella sería sana (con todo lo que eso implicaba). Y efectivamente, fue sana con sólo tocar el borde de Su manto.
Amada lectora, tu Dios es empático, tan empático que vino a vivir y morir en tu lugar y en el mío. A Él le importa hasta el más mínimo detalle de tu vida. Él sí sabe lo que está pasando y pesando en tu corazón. No importa si para el resto de los ojos humanos tu petición y deseo es irrelevante. Él se detendrá, a Su momento y en Sus condiciones (los cuales son perfectos), y dará respuesta a las cargas de tu corazón.
Yo, en este momento, a la orilla de la piscina, siento, sé que estoy al borde de Su manto. Y el borde de Su manto tiene la misma gracia, misericordia, amor y pasión por ti que todo Su corazón.
Orando por ti y emocionada por lo que Dios va a hacer en ti,
Aimée
Romanos 8:32: El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
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