Tantos meses sin escribir… No saben cómo extraño compartir con ustedes todo lo que me ha pasado en esta temporada de silencio digital. Fue un tiempo de gran movimiento en mi mente y en mi corazón. Viví un cambio temporario de domicilio, el fallecimiento de mis papás, pasé por pruebas muy dolorosas con la adolescencia de mi hija y lo más increíble y emocionante de todo (redoble de tambores): ¡Aprendí a vivir una vida de intimidad con Dios!
Un amigo buscó la definición etimológica de la palabra “intimidad” y la comparto con ustedes: “ÍNTIMO es el superlativo del adjetivo latino dentro”. Para que no sufran recordando las clases de gramática española, superlativo es cuando exageramos una condición, por ejemplo: amiguísimo, pesadísimo, cansadísimo, etc. El superlativo de la palabra “dentro” es “íntimo”, o sea, algo como “dentrísimo”. Así que tener una comunión íntima con alguien es cuando compartimos en esta relación (de forma bilateral) algo que está muy “dentrísimo” de nuestro corazón. Eso incluye temores, sueños, secretos y silencios…
Me moría por contarles eso. Como mujer adulta (ya tengo mis 44 años), soltera, mamá, con muchas obligaciones en la vida personal y en el trabajo, no saben cómo he batallado con la falta de una persona con quién compartir todos mis dramas (y son muchos, créanme, jajajaja). Sé que me entenderán. Uno puede tener una vida social activa, muchas amigas, trabajo, iglesia y todo eso es muy valioso, lo sé. Pero me refiero a esa persona con quién compartimos lo que está más “dentrísimo” de nuestro corazón (¡ya vieron que me encantó esta palabra!). Extrañaba a alguien cercano con quién vivir una intimidad, compartir mis secretos y escuchar los suyos.
Soy creyente desde hace 15 años y siempre he tenido una relación bonita con Dios. Pero lo que pasa, es que cuando caminamos con Dios con todo nuestro corazón, Él siempre nos sorprende y nos lleva a aguas más y más profundas. La vida con Él nunca se estanca, siempre avanzamos por caminos no conocidos y gloriosos. Cuando creemos que ya lo conocemos, Él se deleita en mostrarnos cuanto aún nos falta descubrir.
Al inicio del 2021, de una forma muy “casual” y sobrenatural, empecé a leer un libro sobre la intimidad con Dios y a partir de ahí, el Señor despertó en mí una sed tremenda por su presencia y por compartir tiempos de intimidad con Él. Esto fue solo la punta del iceberg. Un libro fue jalando el otro, autores similares y yo ya estaba completamente sumergida en el tema (al final, dejaré algunas recomendaciones de libros). Las cosas del mundo fueron dejando de seducirme. Solo me interesaba pasar tiempo con Él, compartir mi corazón y conocer el suyo. ¡Sí! La relación es bilateral, Dios también quiere compartir su corazón con nosotras: sus planes, sus sueños, sus canciones, qué le gusta o qué le entristece. Él también quiere ser amado.
No me refiero a leer la Biblia por un rápido momento en las mañanas o presentarle una lista de peticiones de oración. Me refiero a intencionalmente pasar un tiempo a solas con Él, buscarlo en silencio, contemplarlo, dejar que Él ministre a todo nuestro ser, tomar un café o una copa de vino con Él y darle la prioridad en nuestra agenda. Imagínate decir a Dios que lo amas y si eso aún no es cierto, decirle que quieres aprender a amarlo. Sé que muchos pensarán que esto es demasiado irreverente, porque estamos hablando del Dios Todopoderoso, pero ¿sabes qué? Esta idea fue de Él, no nuestra. Él dio el primer paso, cuando se hizo hombre, vino al mundo a ser amigo íntimo de un grupo de pecadores. Les horneó un pescado en la playa, frecuentaba sus casas y les contaba historias. A Él le encanta tener comunión con nosotros, este fue su plan desde el jardín del Edén. A través de Jesucristo, esta barrera que nos impedía acercarnos fue quitada, ya podemos nuevamente tener acceso a esta comunión tan soñada por Él.
No existe una receta para tener intimidad con Dios, pero sí he encontrado un principio bíblico sobre este tema, que es uno de mis versículos favoritos (aún veré la forma de tatuármerlo algún día, jajajaja):
“Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.”
(Jeremías 29:13)
Según su Palabra, si lo buscamos con todo nuestro corazón, lo encontraremos. Es una hermosa promesa chicas. Dios jamás nos dejará en visto. Él no se resiste a un corazón que lo anhela. Este versículo siempre me hace recordar cuando jugamos a las escondidas con los hijos chiquitos. Siempre nos escondemos con la mitad de nuestro cuerpo al descubierto para que el hijo se alegre en encontrarnos. Así me imagino que es Dios con nosotras. No necesitamos estudiar teología, esforzarnos en buenas obras o tener una vida perfecta. El requisito es un corazón dispuesto a buscarlo. Él se deleitará al dejarse encontrar.
Cada uno tendrá una forma muy personal y única de vivir su intimidad con Dios. Les comparto la mía, que lejos de ser una receta, es sólo una forma de abrir mi corazón a ustedes y darles ideas. Me despierto todas las noches entre 2 y 3 de la mañana. No pongo el despertador para ello. Simplemente me despierto para ir al baño y de ahí ya no vuelvo a la cama. No padezco de insomnio, para nada, soy bien dormilona. Pero a esta hora, cuando toda la casa está en silencio, me dispongo a irme a la sala con todas las luces apagadas a pasar un tiempo a solas con mi Amado. Cuando el corazón se dispone, inmediatamente el sueño se va y nuestros sentidos espirituales se despiertan. En este tiempo leo mi Biblia, escucho con mis audífonos alabanzas en modo aleatorio (por cierto, así he conocido a canciones hermosas, ¡digo que Dios pone su playlist!), oro, lloro, agradezco, me quejo o simplemente me quedo un tiempo en silencio, sin prisa, contemplándolo. El tiempo puede variar de 30 minutos a 3 horas, no hay reglas. ¿Al día siguiente? Fresca, renovada, plena, amada y llena de gozo, ¡como si hubiera dormido 10 horas!
Chicas, algo sucede en nuestro corazón cuando nos exponemos diariamente a la presencia de Dios. Las heridas son sanadas, nuestro entendimiento es renovado y el gozo y la paz de Su Espíritu nos inunda abundantemente. Dicen que nos parecemos a las personas con las cuáles convivimos y estoy segura de ello. Tener intimidad con Dios es un camino adictivo y sin vuelta. Cántenle, adórenlo, sonríanle, deseen conocer más de este Dios tan sorprendente. Él merece que le derramemos nuestro mejor perfume, no solo las sobras de nuestra ocupada agenda. Si no saben cómo o cuándo hacerlo, empiecen por disponer su corazón y Él las guiará de una forma muy personal, única y amorosa.
Me despido con una disculpa por haber pasado tanto tiempo sin escribir. Estaba tan emocionada con este “lugar secreto” al que Dios me estaba guiando que me desconecté un poco del mundo exterior. Les dejo recomendaciones de algunos libros que me inspiraron mucho en este proceso (en formato digital para Kindle es fácil encontrarlos y con costos muy accesibles).
Con amor,
Fiorenza
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